atrapa mis miedos
y camufla los aullidos
del constante traqueteo
que por pensamientos tengo.
Quiero salir fuera,
correr bajo la lluvia,
empaparme las dudas,
y sentir que no se libra batalla alguna
en el interior de mi ser.
Pero es tarde,
ya me he declarado la guerra,
ya me he dicho «adiós»;
ya he llorado mientras movía un pañuelo
despidiendo al infinito.
Ya he vuelto a casa
para encontrar el otro lado de la cama
vacío.
Y, para olvidarlo todo
(y a la par olvidarme en el proceso)
me he servido una botella
de besos sin dueño.
He bebido hasta la última gota,
intentando recomponer mi vida,
sacudirme el polvo
y darme otra oportunidad.
Pero tengo resaca de emociones,
y la pistola cargada de odio
(parece que hoy toca dispararme a mí.)