domingo, 13 de septiembre de 2015

Luna.

Aullé al viento que volviera,
y Luna vino pisando fuerte;
con los labios del color de la sangre,
las medias tan desgarradas como mis ganas,
y unos tacones que le daban fobia al vértigo.

Me miró acompañada por las estrellas,
como mostrándome
que la única solitaria soy yo,
antes de mudarse a mis costillas
haciéndolas escarcha.

Entonces crepitó en mis pulmones
echándole sal al fuego de mis heridas
y me acompañó
hasta en las noches más cálidas,
cuando celebraba las cicatrices escondidas
mientras bebía de la copa
de unos labios ajenos.

Una noche tormentosa
le pedí escuchar una de sus historias,
que me hablara de todos los poetas
cuyo Insomnio hacía de Luna su Musa;

Y ella,
con una sonrisa en los labios,
me contestó que yo
era el comienzo
de su mejor novela:

“La Tristeza del alma soñadora
consumida por sus propios delirios.”

Desde entonces,
Luna dejó de ser cura
para convertirse
en enfermedad,
y lo que una vez yo tanto ansiaba
ahora deseaba perder.

Grité al viento que la odiaba,
y ella correteó por mis vértebras
riéndose de mi locura
mientras me desgarraba los órganos vitales
(y las ganas de vivir).

Me empujó a la cuerda floja,
                                                  y yo,

entre la Oscuridad de los edificios,
hice equilibrismos
con mi desequilibrio emocional
y la más infinita y perpetua Soledad.

Al final, con las arterias congeladas
de Lluvia emocional,
se me cayó el Corazón al abismo
y Luna se satisfizo
de mi debilidad.




martes, 1 de septiembre de 2015

Espacios.

Hace frío de nostalgia,
se me hielan los huesos de ausencia,
mi Corazón sabe al dolor de ti.

Las mariposas de mi estómago
dicen que echan de menos
tus besos taciturnos,
tus 'te quiero' molestos.

Mis costillas aúllan vacío,
la caja torácica no encierra primaveras
de arreglarme el alma mientras esperas
a que deje de sonar el vinilo
de nuestra triste historia.

Mis ojos son ahora mudos,
solo me muestran agujeros negros
de inerte desesperación.

Mi piel tirita de frío,
–es triste pero cierto–
mi ser se congela de Miedo
si mis dedos no recorren tu cuerpo.

               (He intentado olvidar tu ausencia y ha sido como acariciar una rosa llena de espinas.)

Ella, estrella fugaz.

Amanecía y ella, con el cuerpo tiritando de frío y las manos congeladas de ausencia, se disponía a ponerse otra tirita en la nebulosa que tenía por corazón.
  Otro día más para la estrella fugaz de manos azules y luz trémula.
  Otro día más, que, sin embargo, no era como otro cualquiera.
  Aquel día, ella perdió el rumbo de su órbita, y él, astro equilibrado de locura, había dejado el universo de nuestra estrella, siendo él, a pesar de todo, lo efímero de lo fugaz.
  Aquel día, ella se sirvió un café, siendo consciente de que la verdadera amargura la había probado en la despedida de sus labios.
  Nadie quiso como ella, nadie percibió lo que ella, nadie sintió como ella.
  A pesar de ser Caos, fue amante de la vida y su Orden, sintiendo el mismísimo Big Bang cuando le contaba los lunares del cuello.
  Incluso tras mil y una noches de Insomnio, deseaba poder concederle un último deseo antes de consumirse. Ella, enamorada de los atardeceres con las pupilas cargadas de anochecer, sentía lo que la Luna sintió por el Sol al contemplar el primer amanecer