las luces de los semáforos,
las inquietudes inciertas,
la infinidad de las calles
y el equilibrio de las aceras.
Nos tambaleamos
perdidos en el laberinto
de nuestras caderas.
Me suicidé
en la cornisa de tus labios.
Tú te ahogaste
en el vacío de mis letras.
Me acariciaste las entrañas
y yo te volé los besos,
esos que con tanto ímpetu me dabas
mientras yo escribía nuestra historia
con el pulso
de cien mariposas
desorientadas.
Te desgarré el alma
me desnudé las dudas;
me acariciaste los demonios
feliz ante mis locuras.
Me clavaste las uñas
en los fantasmas
y observaste
cómo sangraba
desastres de vidas pasadas.
Mientras, yo te oxidaba
las pupilas de inocencia marchita,
arrastrándote conmigo
al Infierno
de tu cuerpo sobre el mío.

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