martes, 1 de septiembre de 2015

Ella, estrella fugaz.

Amanecía y ella, con el cuerpo tiritando de frío y las manos congeladas de ausencia, se disponía a ponerse otra tirita en la nebulosa que tenía por corazón.
  Otro día más para la estrella fugaz de manos azules y luz trémula.
  Otro día más, que, sin embargo, no era como otro cualquiera.
  Aquel día, ella perdió el rumbo de su órbita, y él, astro equilibrado de locura, había dejado el universo de nuestra estrella, siendo él, a pesar de todo, lo efímero de lo fugaz.
  Aquel día, ella se sirvió un café, siendo consciente de que la verdadera amargura la había probado en la despedida de sus labios.
  Nadie quiso como ella, nadie percibió lo que ella, nadie sintió como ella.
  A pesar de ser Caos, fue amante de la vida y su Orden, sintiendo el mismísimo Big Bang cuando le contaba los lunares del cuello.
  Incluso tras mil y una noches de Insomnio, deseaba poder concederle un último deseo antes de consumirse. Ella, enamorada de los atardeceres con las pupilas cargadas de anochecer, sentía lo que la Luna sintió por el Sol al contemplar el primer amanecer

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