Amanecí en tus besos;
en el latido constante
de tu Amor.
Atardecí en los recuerdos;
esos tan bonitos,
tan efímeros.
Los mismos en los que atardecieron otras muchas.
Anochecí en el ‘adiós’ de la vida,
en ese Infierno de idas y venidas.
La Luna se alzó cuando los cuervos anunciaban la Muerte, aunque ella no supo cómo hizo acto de presencia la Tormenta constante.
Yo envidiaba las estrellas, tan distantes, por arrebatarme la luz del tenerte.
Tú dijiste echar de menos la forma en la que sabía leerte.
Fue tarde.
Se nos escapó el Sol en un tren sin billete de vuelta.
No había más amanecer.
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