martes, 2 de septiembre de 2014

Tinta interna.

La dulzura de las lágrimas derramadas por haber intentado comerse el Mundo y que éste, a modo de venganza, le tragase.
Su interior eran rosas muertas y cartas no enviadas por temor a ser leídas.
Escribía en post-its y servilletas, en los papeles arrugados y en los cuadernos de clase.
Todo lo que quiso y no pudo, incluyendo a su ‘ella’.
La rutina destruía lo poco que quedaba de su ser, equivalente a un montón de añicos y Tinta.
Su veneno, el pensar.
Su panacea, el expresar.
Jamás comprendió por qué los demás no se percataban de que este mundo era bello a la par que cruel.
Y escribía y expresaba lo nunca dicho, pero se lo guardaba para él (y para esa ella que jamás se interesó en conocerle).

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