Contemplaba el atardecer de distintos tonos de azul y amarillo y solo pudo ver sus ojos.
Le pudo ver una última vez.
Se resguardó en su propio Mundo porque la Realidad era demasiado destructiva.
Buscaba a alguien que la despertara, anunciando que la vida por el momento solo había sido una pesadilla.
Una horrible y terrible pesadilla.
Pensaba que cada vez que una promesa moría una estrella también lo hacía.
Y que la Luna se reía y se sentía orgullosa de estar sola, indestructible.
Creía en los fantasmas, pero solo en los que ella llevaba a rastras.
Lloraba en la tremenda Soledad que le proporcionaba su habitación.
Echaba de menos el Cielo de sus sábanas, tan lejanas, y alzaba el Infierno cuando el otro lado de la cama se encontraba frío y vacío sin su presencia.
Escuchaba, anhelaba y callaba.
Observaba, sin decir nada.
Bueno, sí, gritaba.
En la Oscuridad de la noche, cuando el Invierno interno se hacía cada vez más grande en el pecho, gritaba al papel que no quería vivir, no así.
Luchaba en una batalla interna en la que la victoria era inalcanzable.
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